Marte Borhaug analiza los dilemas éticos y las consecuencias imprevistas que pueden derivarse al tratar de actuar de forma correcta.

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Recibo un paquete por correo. Me recorre una oleada de dopamina: mis expectativas con respecto a este envío son elevadas. Debería ser motivo de satisfacción y orgullo, el resultado de interminables horas de búsqueda sobre la sostenibilidad de las pajitas. Sin embargo, y sabiendo que debo aprender más, me llena de orgullo la gran cantidad de información sobre los proveedores y los materiales que he recopilado en las semanas previas a este momento. Estoy convencida de que no he dejado nada al azar.

Pero esta afirmación es totalmente errónea.

Abro el paquete y no puedo creer lo que veo. Para mi sorpresa, descubro que las pajitas sin plástico están envueltas en –sí, lo han adivinado– ¡plástico! Y lo que es peor: a pesar de garantizarse todo lo contrario, descubro que han viajado miles de kilómetros, atravesando continentes hasta llegar a la puerta de mi casa. De hecho, su huella de carbono es similar a la de un ciudadano medio de un país pequeño durante todo un año.

“A veces me parece que me vendría bien tener un título en filosofía moral

Este relato no pretende suscitar compasión. Se trata simplemente de otro ejemplo que añadir al cúmulo de decisiones morales que he tomado en mi vida y otra muestra de la complejidad que implica tratar de actuar de forma correcta. Podría haber optado fácilmente por otro ejemplo, como los problemas a los que me enfrenté al tratar de ser vegana.

Mi trabajo exige que reflexione detenidamente sobre estos aspectos. Puede resultar abrumador. A veces me parece que me vendría bien tener un título en filosofía moral –o al menos un buen manual– para no desviarme del recto camino de la buena conducta. Sin embargo, son estos dilemas morales los que deben sustentar nuestra conducta profesional, y no debemos rehuirlos. Dejar los valores personales en la puerta de la oficina no es una opción acertada. Si así fuera, se plantearían problemas más profundos: deberíamos preguntarnos seriamente si hemos encontrado la combinación adecuada.

Las madrigueras de la desinformación, la sobrecarga cognitiva y las consecuencias no deseadas

Parte del problema es que nunca hemos tenido que medir las consecuencias de nuestras acciones en calidad de especie hasta ahora, porque nunca habíamos sido tan numerosos. Si el primer millón de seres humanos hubiera inventado el plástico, no habrían tenido que enfrentarse a las mismas consecuencias que 7700 millones1. En la actualidad, todo lo que hacemos puede aumentar nuestra huella ecológica, por lo que debemos reflexionar seriamente acerca de nuestras opciones. Y si bien, en teoría, disponemos de la información y de los datos adecuados para ayudarnos a tomar decisiones sensatas, nuestra opinión se ve eclipsada con demasiada frecuencia por una gran cantidad de distracciones irrelevantes y perturbadoras.

Nuestra opinión se ve eclipsada por una gran cantidad de distracciones irrelevantes y perturbadoras

Este es uno de los retos de vivir en un mundo complejo. En cuanto observamos con mayor detenimiento algunas de nuestras acciones, parece que prácticamente todas las medidas que tomamos para reducir nuestro impacto traen consigo una serie de consecuencias no deseadas. Se trata de una combinación de dos fuerzas: algunas de nuestras acciones pueden provocar daños involuntarios, mientras que en otros casos se trata de elegir entre dos productos –o el menor de dos males–, como la carne frente al aguacate.

Cuando se trata del medio ambiente, el hecho de preocuparnos por la situación general del cambio climático puede hacernos perder de vista los efectos más inmediatos y de menor magnitud, como la desaparición de la fauna silvestre local que se produce sin tener en cuenta el cambio climático y que puede causar estragos en nuestros ecosistemas a largo plazo, tal y como sostiene apasionadamente Jonathan Franzen en este artículo del New Yorker2.

No se trata solamente de una lucha personal. Si nos atenemos al tema de los plásticos, las empresas deben garantizar que la cadena de suministro de las pajitas de papel sea en sí misma sostenible y que exista una infraestructura adecuada para su reciclaje. La presión para prohibir las pajitas de plástico se ha convertido en un emblema de nuestra preocupación por el daño medioambiental, pero los recientes artículos publicados en Wired3 y The Atlantic4 demuestran que es necesario sopesar esta medida con detenimiento.

Siempre ha existido una sutil interacción entre fabricantes y consumidores

Siempre ha existido una sutil interacción entre fabricantes y consumidores. En última instancia, los primeros dependen de los segundos, puesto que podemos ejercer nuestro voto con nuestras respectivas carteras y dar a conocer nuestra opinión a través del balance de la empresa. Todos tenemos que asumir una mayor responsabilidad y, sin duda, la tecnología nos proporcionará algunas herramientas para encontrar el camino, como por ejemplo CoGo, una aplicación que me ayuda a elegir empresas, cafeterías y restaurantes que se ajustan a mis valores.

En busca de la autoridad moral

A gran escala, Kenneth Rogoff lamentó recientemente la decisión del Banco Mundial de dejar de financiar nuevas plantas de combustibles fósiles, incluido el gas natural5. La cuestión, incluso para las economías emergentes que están invirtiendo de forma considerable en energías renovables, es que la eliminación total de los combustibles fósiles no les permitirá satisfacer su creciente consumo de energía. El recorte de la financiación de las centrales de carbón y gas ayudaría a reducir las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, pero podría frenar el crecimiento económico de muchos países y comprometer el bienestar de millones de personas.

El recorte de la financiación del carbón y el gas podría comprometer el bienestar de millones de personas

La disyuntiva está en si la “E” de ESG triunfa sobre la “S”, es decir, si el ámbito medioambiental se impone al social. Incluso si lo hace, ¿hasta qué punto deben los mercados desarrollados ser castigados por haber saqueado previamente los preciosos recursos del planeta? Hasta las cuestiones más sencillas pueden verse envueltas en una complejidad ética.

De hecho, la forma en que se equilibra el desarrollo económico y la creación de empleo con la protección del medio ambiente ha sido una preocupación que se ha planteado recientemente en nuestra empresa. Estábamos considerando la posibilidad de conceder un préstamo a una importante empresa estatal de Costa de Marfil para financiar mejoras en una refinería de petróleo ya existente. A primera vista, prestar dinero a un país con un alto riesgo de corrupción y financiar combustibles fósiles parecería disparatado. Sin embargo, y después de un análisis sumamente riguroso, aprobamos el préstamo.

En primer lugar, las garantías eran sólidas, y Costa de Marfil ha realizado verdaderos progresos en la lucha contra la corrupción. En segundo lugar, la refinería ya existía, y las mejoras ayudarían a reducir su huella de carbono. Pero, sobre todo, el proyecto crearía empleos en el ámbito local, y era un elemento clave del Plan Nacional de Desarrollo de Costa de Marfil para mejorar la economía nacional y reducir su dependencia de las importaciones de energía. Por consiguiente, se ajustaba perfectamente a los sumamente a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas6.

La política monetaria ha contribuido a la desigualdad de ingresos

La economía nos ofrece otro ejemplo. Tras la crisis financiera mundial, los bancos centrales de los países desarrollados mantuvieron los tipos de interés en niveles bajos en un intento de apoyar el empleo y el crecimiento. No obstante, y aunque una política monetaria acomodaticia nos permitió evitar una segunda Gran Depresión, una consecuencia no deseada es que ha contribuido significativamente a acentuar la desigualdad de ingresos al inflar los precios de los activos (beneficiando así a las personas más adineradas), mientras que los salarios se han estancado.

La remuneración de los directores generales, fuente de desconcierto visceral entre los accionistas y la comunidad de inversores responsables, aporta otro ejemplo más. El aumento de la transparencia en la remuneración de los ejecutivos ha resultado ser contraproducente. Las comparaciones entre los diferentes niveles de remuneración de los directores generales han impulsado el aumento de la remuneración de los ejecutivos durante años, ya que los directores generales han aprovechado la competencia para captar talento7.

Cuando se rasca bajo la superficie, algunas nociones “obvias” se vuelven cuestionables.

No nos rindamos: lecciones de Thunberg, Pareto y Keynes

Asombrosamente, algunos estudios muestran que el uso de productos “ecológicos” incita a adoptar actitudes menos altruistas en otros ámbitos8. Es el equivalente moral de salir a correr y luego comer una tarrina de helado. Y, ya sea de forma consciente o inconsciente, las implicaciones de nuestro comportamiento colectivo en la sociedad son de gran alcance.

Es el equivalente moral de salir a correr y luego comer una tarrina de helado

Otras estadísticas son igualmente desalentadoras. Incluso si dejáramos de emitir gases de efecto invernadero hoy, los océanos seguirían calentándose y elevándose durante años9. Por otra parte, la energía que añadimos a la atmósfera de la Tierra en exceso de la que puede irradiar al espacio equivale a 400 000 bombas atómicas de Hiroshima al día, todos los días del año10. El hecho de que todas las acciones que emprendamos puedan tener algún efecto contraproducente hace que sea aún más difícil cambiar la situación.

Pero no deberíamos rendirnos. Precisamente porque estas estadísticas son tan preocupantes, hasta la más pequeña de nuestras decisiones cobra mayor importancia. Tenemos que enfrentarnos a la parálisis que acompaña a la sensación de sentirse abrumados.

Afortunadamente, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas constituyen un modelo a seguir. Dichos objetivos se han elaborado cuidadosamente para que redunden en beneficio de todos los participantes y sean igualmente útiles para el planeta y sus habitantes.

Por experiencia propia, los problemas tienden a surgir cuando los gobiernos, las empresas y los inversores piensan que las cosas son sencillas y que pueden resolverse de forma aislada. Por ejemplo, abordando únicamente los residuos plásticos, gravando el azúcar y otras cuestiones similares, en lugar de pensar en ellas en su contexto más amplio. En un mundo obsesionado por la especialización, se requieren más pensadores astutos. Como argumenta David Epstein en Descubrir “Range”: una entrevista con David Epstein, necesitamos gente capaz de apreciar el contexto general, la forma en que interactúan y se conectan las cosas. El pensamiento de diseño y los sistemas pueden ayudar. A modo de ejemplo, durante el mandato de Jacinda Ardern, los ministros de Nueva Zelanda tuvieron que explicar cómo sus iniciativas presupuestarias contribuirían al logro de las prioridades del gobierno en materia de bienestar, por lo que todos los miembros del gabinete tuvieron que trabajar de manera mucho más estrecha entre sí11. Se necesitan más iniciativas de este tipo, sencillas pero eficaces.

Ser responsable no significa en ningún caso crear una camisa de fuerza ética

Ser responsable –tanto a la hora de vivir como de invertir– no significa en ningún caso crear una camisa de fuerza ética, pero hay algunos principios rectores y normas generales que nos pueden ayudar a todos.

En primer lugar, todos podemos marcar la diferencia. Si en algún momento necesitamos que se nos recuerde que nuestras acciones individuales tienen algún valor, la inspiradora actitud de Greta Thunberg sobre el cambio climático nos brinda una prueba contundente.

En segundo lugar, hay que poner en práctica el Principio de Pareto. Pareto nos enseñó que el 20 % de nuestros esfuerzos representan el 80 % de nuestros resultados o de nuestro impacto. Junto con nuestros valores fundamentales, debería guiar nuestro comportamiento y establecer prioridades para nuestro tiempo. De hecho, podemos identificar las áreas que tendrán mayor impacto y centrar nuestra atención en ellas. Al hacerlo, muchos problemas de enormes proporciones podrían reducirse. Del mismo modo, el hecho de desglosar los desafíos, como lo hacen las siete cuñas de estabilización en relación con el cambio climático, puede ayudar a hacer que lo imposible parezca más factible.

En tercer lugar, “Es mejor estar más o menos en lo correcto ahora que estar ciertamente en lo correcto cuando ya es demasiado tarde”. Basándose en una famosa cita de John Maynard Keynes, Sarah Breeden, del Banco de Inglaterra, destacó acertadamente los peligros de un análisis excesivo de los matices nimios12.

La complejidad de la sostenibilidad no es insalvable. Al desarrollar varias estrategias de respuesta, y a pesar de algunos contratiempos inevitables e imprevistos, como mi error con las pajitas de plástico, debemos recordar que, aunque no podemos ser perfectos, podemos mejorar.

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